Opinión Libre

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Por Otto Van Der Velde Q

V. Lenin solía advertir que una marcha recta hacia el Este concluye en el Oeste. Con estas palabras cuestionaba la actividad de los izquierdistas rusos y del llamado “comunismo de izquierda”, que sin tomar en cuenta el proceso de las ideologías, ni la táctica, ni el conjunto de las contradicciones, creían marchar en línea recta hacia el comunismo, cuando en realidad haciendo un círculo caían en el otro extremo. En nombre de una revolución “incontaminada” y de “principios marxistas” convertidos en dogmas, pasaban de un extremo a otro del problema, tendiendo el lecho de la contrarrevolución. En algunos casos quizás de buena fe, ciertamente pero de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, agregaba Lenin.

A propósito del nuevo acto de piratería internacional de la ONU y la OTAN dando cumplimiento a la orden imperialista de Estados Unidos, Francia, Italia, España y sus lacayos de la Liga Árabe con Amre Moussa a la cabeza, de la llamada Conferencia Islámica (OCI) y la Unión Europea, pocas cosas son tan exactas en la escena política del Medio Oriente, como ese señalamiento de Lenin, que, sin duda, cabe justo en el voto del Consejo de Seguridad de la ONU contra Libia, incluyendo la hipócrita abstención de los representantes de China y Rusia.

En nuestro Partido –PRT- hemos palpado el asunto, gracias a nuestra propia situación latinoamericana y a la trayectoria de los antiguos izquierdistas y radicales venezolanos sorprendidos por el asunto nacional. Este es el caso de los antiguos ex-izquierdistas de Bandera Roja, Causa R y el MÁS. Su brinco de la extrema izquierda a la extrema derecha despejó toda duda en torno a la exactitud de la crítica leninista. Los dos primeros pasaron de la retórica armada y el sensacionalismo sindical, de los años ochenta, a fuerzas de choque del sangriento push organizado por la ultraderecha entre el 2002 y el 2003. El MAS por su lado, trastocó el “socialismo a la vuelta de la esquina” de 1973 por el capitalismo a la venezolana impulsado por Teodoro Petkoff, Pompeyo Márquez y su gente dentro del partido, objetivo que más tarde es prolongado por los grupos de Felipe Mujica e Ismael García en Podemos.

El punto es que el fracaso de la línea neoliberal de Milton Fiedman con todo y Fukuyama incluido,  arrastra consigo al social-reformismo europeo, liderado en los años noventa por idiotas del calibre de M. Gorbachov, Alexander Yavkolev, Eduar Sheverdnaze, al alcohólico Boris Yeltsin y otros héroes del revisionismo venezolano. A raíz de la caída espectacular el “libre mercado” el problema nacional retorna con la fuerza de un tsunami en todo el planeta. El gran colapso capitalista que estalla en el 2007, acelera los enfrentamientos de la burguesía y el proletariado mundial pero también actúa como coadyuvante de la “cuestión nacional”. Todos los nacionalismos, desde el nacionalismo burgués hasta las corrientes del nacionalismo popular, toman posiciones.

Esto pasa en Latinoamérica pero igualmente en el Norte de África. Los nacionalismos árabes que se resintieron notablemente con la caída del “bloque soviético”, declinaron, muchos de ellos, sus tendencias antiimperialistas iniciales, impregnadas de una ideología militarista y/o religiosa generada políticamente desde la  pequeña burguesía árabe. Con el derrumbe de la URSS, unos cuantos de dichos procesos pasan del panarabismo al conformismo siguiendo la política expansionista del imperialismo anglo-norteamericano y sus secuaces en Israel y la OTAN. (V. nuestro artículo La lucha en el Medio Oriente publicado en nuestra prensa El Proletario No 18; también en el periódico Epa Parroquia. No 28, febrero 2011 y  en ediciones de Aporrea del mismo mes)     Esa es, por ejemplo, la historia del defenestrado gobierno pro imperialista de H. Mubarak en Egipto, una especie de epílogo del famoso naserismo militar de los años sesenta. Como puede ser el ensayo de “Yemen del Norte” que culmina en la sangrienta monarquía de Abdulha Salin en Yemen y otros intentos “chucutos” del nacionalismo árabe. Pero así mismo es la historia de la corriente nacional burguesa de Muammar Gadafi en Libia.

Ahora bien, los acontecimientos actuales en éste último, tiene otras implicaciones en el debate interno de los revolucionarios sobre el problema nacional y el marxismo, implicaciones que algunos de nuestros izquierdistas –incluyendo la teoría de algunos círculos trotskistas y del “marxismo legal” pasan olímpicamente por alto o condenan tabula rasa, sin analizar el conjunto del problema e incluso sin medir las palabras del propio León Trotsky, cumpliéndose con ello la tradición de algunos “trotskistas” locales que hablan día y noche de Trotsky sin haberlo leído. Para nada recuerda ésta gente el señalamiento del marxista Bronstein: “para que la revolución sea inevitable las contradicciones de clase deben forzarse hasta el punto máxima tensión…” (V de L Trotsky. La Revolución China, Prólogo al libro de Harold Isaac “The tragedy of The chínese revolution.” Citado por la revista Marxismo hoy, mayo 2007)

No es un debate improvisado. El marxismo polemiza sobre éste asunto nacional y la lucha de clases desde los tiempos de Marx y Engels, a mediados del siglo XIX. A propósito entonces de los movimientos independentistas y autonómicos de Irlanda, Polonia y los asuntos eslavos. Luego toma impulso en la época de V. Lenin y la Internacional, extendiéndose a las experiencias de liberación nacional en la revolución China con las tesis de Mao Tse Tung en el PCCH sobre los problemas del frente anti- japonés y las tareas del proletariado.

En el siglo XX se convierte en centro del debate de las luchas antiimperialistas de los países oprimidos, dependientes y semi-coloniales del Asia, África y América Latina. Tuvo una atención especial del propio L. Trotsky durante su exilio mejicano. El asunto nacional, que algunas posiciones izquierdistas ignoran, desprecian o maltratan, es, pues, una antiguo e importante controversia en las filas del movimiento comunista internacional.

Ahora pasa a la agenda del Medio Oriente exacerbado por la salvaje invasión imperialista a Libia por la OTAN y el Consejo de Seguridad de la ONU.
A menos de una semana de la bárbara invasión las fuerzas interventoras se tiran dentelladas entre sí, vacilan y algunas amenazan con retirarse de la coalición imperialista (incluyendo a los pillos de la llamada Liga Árabe) ante Libio, dada la ebullición nacionalista en todo el Norte de África y el espinoso “principio” imperialista de ¿cuánto me toca del botín?

En el propio seno del partido “Demócrata” del infeliz Obama, un par de senadores y dirigentes definen  dicha invasión como simple rapiña petrolera. Se pelean naturalmente  en  cuanto al reparto, a quién arriesga más y muestran los colmillos por formalidades como ¿debe o no intervenir la OTAN? estando ya de hecho sus miembros metidos de lleno en la invasión. Divergen por las cuotas de petróleo y agua, pero automáticamente están acuerdo en lo siguiente: (1) Hacer de la ONU un foro decorativo (2) Transformar el Consejo de Seguridad  (incluyendo a rusos y chinos) en Estado Mayor de sus tropelías mundiales (3) Oficializar a la OTAN como la nueva policía internacional para resguardo de los intereses imperialistas en “cualquier parte del mundo” donde haya recursos de hidrocarburos y agua, adoptando como principio del Consejo de Seguridad de la ONU, la sentencia de K. Von Clausewit “la guerra continuidad de la política por otros medios” (4) Debilitar y destruir a la OPEP (5) Fraccionar la unidad nacional de Libia o cualquier otro país oprimido con petróleo, agricultura y agua. Acaban de hacerlo en Sudan, ahora lo ensayan en Libia.

Estos cinco factores -más uno- están presentes en la “cobarde invasión imperialista” a Libia, por aquello de “valientes militares” que bombardea objetivos civiles sin arriesgar  tropas de combate. En pocas palabras: terror y más terror. Los factores mencionados contribuyen a explicar por qué la contradicción principal en el Medio Oriente no se desvincula de la contradicción capital-trabajo y el por qué su desencadenamiento podría  arrojar a mediano plazo, una correlación política de fuerzas favorable al proletariado en aquellos países de fuerzas productivas más desarrolladas.

Sin embargo, las consignas “puristas” del izquierdismo declaran como “enemigo principal”, no a las descomunales fuerzas invasoras del imperialismo, sino a las fuerzas tribales de Kadafi, la que,  en los casos más bondadosos, igualan a la OTAN. Los más atrevidos incluso exhortan  al envío de armamento a grupos opositores y jefes tribales libios que nadie sabe que se proponen,  con el agravante de que unos cuantos de estos jefes rebeldes y señores de la guerra, apoyan públicamente la intervención militar extranjera de la OTAN, que bombardeando blancos civiles y militares leales al gobierno de Kadafi, le abre el camino a los separatistas para recapturar las ciudades de Ajdabiya, Brega Bin jawad y el importante bastión petrolero de Ras Lanuf, del cual, según anuncio del portavoz separatista Ali Tarhoni, se exportará en menos de una semana petróleo vía Qatar.

He aquí una noticia indigna que al mismo tiempo que sella el verdadero objetivo petrolero de la coalición imperialista, distrae los desastres sociales, económicos y políticos producto de tal  ocupación militar. Los propio lugartenientes de los ejércitos de ocupación develan los verdaderos trasfondo petroleros de la propaganda colonialista sobre la  “la democracia”, “la protección de los civiles” etc. Nadie puede dudar ahora que la invasión de la OTAN apunta a la división del país, a la expropiación del petróleo liviano y de las reservas freáticas de la nación Libia. El  saqueo de Libia tiene el mismo tamaño de los que voltean para otro lado ante ésta nueva invasión ordenada por del Consejo de Seguridad de la ONU, como hace el renegado Pompeyo Márquez y la MUD en Venezuela y de quienes creen la idiotez de que el imperialismo internacional y Al Qaeda podrían facilitar los cambios en dicho país.

Con el compromiso de quedar bien con Dios y con el Diablo, nuestros oportunistas de izquierda prácticamente pone la “salida popular” en el Medio Oriente, en manos de una coalición imperialista que sólo piensa en la carrera armamentista y en los depósitos de hidrocarburos de Bengasi, Ras Lanuf y otras zonas petroleras. Se trata de un esfuerzo moral “equilibrista” con débil asiento en la lucha de clase, muy corto en su visión estratégica antiimperialista y sin idea alguna sobre cuál debe ser la táctica del proletariado en estos casos. Sus teóricos reducen las múltiples contradicciones del problema nacional presentes en las luchas del Medio Oriente al personalismo de Kadafi, simplismo que acompañan con un par de consigna sensacionalista. De hecho desprecian del análisis leninista sobre el imperialismo como fase superior y en decadencia del capitalismo.

Asumiendo una endeble posición centrista de “sano equilibrio ideológico”, algunos izquierdistas condenan simultáneamente al agresor imperialista y al agredido capitalista. Nuestros social-revolucionarios de izquierda, aspirando convertirse en el fiel de la balanza de la lucha de clases en todo el planeta, sólo revelan su concepción “moralista” sobre él problema, capaz de igualar el anticomunismo tribal de la burguesía pro Kadafi con el descomunal anticomunismo de la alianza colonialista de la OTAN e imaginar en lo interno una gran “fuerza proletaria” detrás del asunto, que de hecho es incipiente y que bien podría desarrollarse al calor del conflicto, pero si el proletariado conserva su autonomía de clase en los frentes antiimperialistas (muy distinta al concepto de autonomía sostenido por el nacionalismo burgués) y si crece el Partido de clase en todo el área. Por lo pronto políticamente se trata de un movimiento obrero rudimentario en cuanto a conciencia de clase para sí. Así lo manifiestan las consignas democráticas de las masas obreras y no obreras en movimiento, incluso en los sindicatos más avanzados de Egipto y Túnez.

Sin duda que habrá que ajustar cuentas con las corrientes nacional anticomunistas de M. Gadafi y compañía, pero es cuando menos un infantilismo de izquierda, igualar ahora ambas fuerzas del capital y más aún sus consecuencias sociales, en plena invasión de una decena de ejércitos capitalistas opresores. Actuar para él caso “en forma equitativa”, tiende a reducir la lucha popular de todo el norte de África, llevándola al plano de una “venganza compartida” precisamente con el embaucador Obama, propagandista de la consigna ¡fuera Gadafi de Libia!

Es creer también que se tiene en las manos el dominio absoluto de la situación Árabe o peor aún, creer que los imperialistas van a salir de Gadafi en función de un gobierno popular y democrático. Esto sólo se le puede ocurrir a gente ilusa y voluntarista. En verdad semejante “solución” no le vendría mal a una burguesía árabe-israelí aterrada por la rebelión general de masas en la región, en la que ya comienzan  (pero apenas comienzan políticamente) a asomar sus cabezas los sindicatos y los campesinos. Volviendo a Lenin, diríamos entonces que tales consignas no son que marchan hacia el Oeste, sino que ya están allí.

Unas líneas atrás hemos mencionado a cuatro factores más uno. ¿Qué quiere decir esto? Que el quinto factor tiene que ver con el petróleo y el gas venezolano. Nada de casual ni fuera de contexto, tiene la declaración inicial del tories inglés, canciller del primer ministro de Cameron, asegurando que Gadafi iba rumbo a Venezuela.

Tampoco son al boleo las declaraciones de los senadores del partido republicanos de Estados Unidos, asociando a Gadafi con Chávez Eso también huele a petróleo y a “república de Zulia y Bolívar” como plantea el famoso “plan Balboa”, cuyo asiento está en las 7 bases militares norteamericanas de Colombia, que es otro “pequeño detalle” desapercibido por la consigna de nuestros izquierdistas. La burguesía monopolista y sus reaccionarios partidos de la MUD, saben bien que no existen dos contradicciones principales al mismo tiempo. Una depende del desencadenamiento de la otra. El camarada Mao Tse Tung en sus análisis sobre el problema nacional en China, señalaba esto como el aspecto principal de la contradicción.

Sobre las razones valederas de “la autonomía”, debemos insistir con los camaradas izquierdistas que dicha condición no es un rasero universal, no existe una autonomía tabula rasa. El concepto se liga a la naturaleza de clase y a los objetivos históricos de ellas. La autonomía del proletariado es totalmente distinta a la autonomía del nacionalismo burgués. La primera apunta estratégicamente al socialismo y comunismo, la segunda al desarrollo del capitalismo nacional. De allí que el problema de la invasión imperialista y la derechización del nacionalismo de Muammar Kadafi, así como la autonomía de la clase trabajadora de Libias y el Medio Oriente, no se resuelve simplemente con líneas centristas condenando a uno y otro por igual. El punto de los marxistas leninistas y el proletariado es liquidar al enemigo principal, formando alianzas político y militares con los sectores víctimas de la razzia imperialista. El proletariado no pierde aquí su perfil programático y estratégico como clase, esto es, su autonomía política.

Otra teoría insuficiente que traen al debate aquellos grupos “leninistas” que trata de evadir la presencia de “la cuestión nacional” en la revolución socialista, son las “pruebas” de las Tesis de Abril, análisis escrito por V. Lenin entre  la revolución democrático burguesa de febrero representada por Kerensky y  la revolución bolchevique de octubre del 17. Se trata de “un apoyo” fuera de contexto. Un argumento traído por los cabellos  que nada tiene que ver con la posición de Lenin en abril del 17. No hay similitud alguna entre Las tesis de abril y las comparaciones sobre Libia y el Medio Oriente.    Como sabemos, Lenin escribió dos análisis claves referidos a las revoluciones de febrero y octubre. Cartas de lejos y las famosas Tesis de Abril. En ellas establece magistralmente la posición histórica y estratégica de los bolcheviques, del proletariado soviético en el marco de un proceso revolucionario ininterrumpido de dos revoluciones.

Es un hecho histórico que tras el levantamiento popular de febrero, el debate se centraba para los bolcheviques, aunque también para social revolucionarios y mencheviques, en dos líneas centrales:    Los partidarios de consolidar primero la democracia burguesa de Kerensky que completase el desarrollo capitalista en Rusia, como premisa ineludible de una segunda fase de lucha por el socialismo. En esencia se trataba de una línea etapista defendida con ardor por los mencheviques, algunos círculos social evolucionarios e incluso no mal vista por unos cuantos bolcheviques entre febrero y marzo del 17.

Y los que aceptaban  las tesis de Lenin de la revolución ininterrumpida, advirtiendo la incapacidad del gobierno provisional y la burguesía rusa para cumplir las reivindicaciones de paz y tierra exigida por las grandes masas. Lenin demuestra con las Tesis de Abril, la necesidad de derribar al vacilante y cada vez más reaccionario gobierno capitalista de Febrero,  así como las condiciones que permitían lanzar al proletariado obrero-campesino a la toma del poder, bajo el mando del Partido y el por qué apoyar la insurrección proletaria en los soviets,  según Lenin, la manera correcta de saldar las consignas y el programa de la revolución rusa. El análisis de Lenin resultó certero en la insurrección proletaria de Octubre.

Ahora bien, a propósito de las movilizaciones y combates populares que ocurren en Libia, aparece en el debate una tendencia voluntarista de izquierda, que saca de su contexto las Tesis de abril para reforzar la consigna “ni invasión ni Kadafi”. En esta posición algunos camaradas comparan los sucesos libios, los incrementos de la lucha de clases allí y el derecho a la “autonomía” del movimiento obrero libio, con él escenario de la Rusia del 17 que da origen  a las Tesis de Abril.

Para nada es válida esa comparación. En resumen diremos a quienes se apoyan en ella lo siguiente:

(1) En Rusia de 1917 existía una clase obrera concentrada y batidas políticamente por las corrientes marxistas rusas, particularmente por los bolcheviques, incluso desde los estallidos revolucionarios de 1905. Las masas campesinas y urbanas de Libia así como la mayoría de las naciones del Norte de África padecen una deformación capitalista monárquico feudal  y en algunos casos tribal–como el propio caso libio- bajo fuerte presión anticomunista de su  burguesía. En Libia dicha confusión está alimentado con el descrédito del “socialismo verde” de Gadafi, por los retrocesos políticos de su gobierno, la corrupción y la piratería teórica del programa nacionalista. Además, todo esto se mezcla con el fanatismo nacional religiosos presente en las grandes masas del Medio Oriente, que también abunda en las filas de los militares rebeldes y las que son leales al gobierno de Gaddafi. Las consignas centrales de las masas árabes apuntan, en general,  a la conquista de una “democracia” tabula rasa. No se observan trazos del partido proletario libio por ningún lado.

(2) La revolución de febrero en Rusia había abierto un enorme boquete democrático y de lucha social, no sólo en las áreas urbanas e industriales de Moscú, San Petersburgo etc. sino en las inmensas zonas campesinas de toda Rusia.

El Partido bolchevique acelera entonces la formación de los soviets como poder concreto, paralelo de la revolución, asumiendo el papel central político organizativo del proceso insurreccional. Su dirección y la militancia además de competentes, estaban curtidas en el marxismo, fogueada por la larga experiencia de combates clandestinos y/o legales contra el zarismo. Por otro lado la carnicería y la miseria producto de la primera guerra mundial habían agotado en las clases y estamentos sociales, toda credibilidad de ellas en el zarismo y la burguesía rusa.

Nada de esto existe aún en el conflicto Libio. A pesar de ello, el radicalismo de las masas crea, desde lejos, fantasías excitantes en nuestros círculos obreristas. Dominados por el sectarismo muchos de sus grupos olvidan las consecuencias que para la formación de una conciencia de poder, ha tenido la desorganización ideológica de las masas libias, la confusión propagandística del régimen, la represión de masas e ilegalización de los comunistas y los sindicatos durante décadas, por parte del nacionalismo militar burgués de Gaddafi.

Sin tomar en cuenta todo estos elementos reales, los izquierdistas transfieren a los “comités populares”-    muchos de ellos bajo la influencia del “gobierno de transición” montado por los “rebelde”, armados y reconocido por Estados Unidos, la OTAN y el enclave petrolero anglo norteamericano de Qatar- las condiciones subjetivas y  objetivas que en la Rusia pre revolucionaria tuvieron el Partido y los soviets. He aquí una realidad por a otra, por parte de quienes olvidan además, que Libia es un país petrolero de apenas 6 millones y medio de habitantes, con un significativo ingreso per cápita en el que la guerra contra los invasores y “por la democracia” tabula rasa, apenas comienza.

(3) Desde el punto de vista nacional, Rusia zarista encarnaba un nacionalismo opresor de nacionalidades. Libia, por el contrario, es un país y un pueblo históricamente oprimido por la voracidad de los colonialistas ingleses, italianos, franceses y norteamericanos, que no se resignan a perder sus privilegios ni los recursos naturales de la región.

(4) Nadie discute que en la lucha nacional antiimperialista que recomienza y se extiende por todo el Medio Oriente, particularmente en el seno de las masas libias, tunecinas y egipcias opuestas a la invasión de la OTAN, que la clase obrera, los sindicatos, las masas avanzadas, deben mantener su autonomía de acción, defender sus intereses de clase para sí y difundir los principios socialistas en el corazón de las luchas de liberación nacional y las alianzas antiimperalistas, preparando las condiciones para la toma del poder por el proletariado árabe, pero eso es diferente a lanzar a destiempo consignas sensacionalistas que no perciben los niveles políticos de conciencia en la correlación de fuerzas actual y que evidentemente menosprecia el papel de las tácticas proletarias para acumular una fuerza propia capaz de derrotar a la poderosa coalición imperialista, trabajando correctamente sus contradicciones y los cambios de la correlación política en el área, que permita el desarrollo del programa político, organizativo y militar del proletariado como fuerza motriz de la revolución Libia.

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