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NICARAGUA.- Relato del ataque a la UNAN: Balazos, explosiones y muerte …. Así negocia la Dictadura Ortega-Murillo.

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Por Leonardo Espinoza

Los días viernes 13 son de mal augurio, un presagio de que cosas malas que pueden ocurrir. Nosotros, los estudiantes atrincherados en la UNAN Managua, la tensión que ocasionaba el hostigamiento de los paramilitares nos habían vuelto un poco supersticiosos. Sin saberlo, las tradiciones de nuestro pueblo se hacían presentes en los compañeros que hacíamos guardia en las barricadas. Personalmente no me considero crédulo, y me he negado a creer que el destino fuese gestado por algunos artilugios que administren el devenir. Sin embargo, como se ha afirmado tantas veces, la realidad supera a la ficción, debo añadir yo, con muchas creces.

La noche anterior a ese dantesco viernes 13, muchos compañeros nos habíamos reunido en una sala. Se había vuelto una buena costumbre, platicábamos los problemas que se gestaron en más de 2 meses de protestas. Recuerdo esta conversación por una sencilla razón, muchas cosas de esa charla se verían plasmadas ese fatídico viernes 13. Uno de los chavalos, que no estaba atrincherado pero que nos apoyaba, nos decía: “fue un error irnos contra el gobierno, nuestra lucha es contra UNEN”. No pasaron ni dos segundos cuando nuestros rostros se nublaron: “loco, aquí estamos por cosas que van más allá de los problemas de nuestra universidad”. Los presentes asintieron en su mayoría, y James continuó: “si le preguntamos a todos los presentes en la toma, ninguno dirá que están aquí por luchar solo contra UNEN, estamos aquí porque ese dictador no escucha a su pueblo, ese hijueputa es un asesino, tenemos que cambiar el país, debemos luchar contra la dictadura, aunque muramos. Estoy dispuesto a dar la vida por Nicaragua, pero que sepa que este hijueputa va a caer” La emoción se extendió en la mesa, me levanté a buscar un vaso de agua, escuché como otro compañero, al que le llamábamos el Troll, alzaba una mano y ponía las cosas en perspectiva: Pero muchachos, ¿estamos claros que jugamos contra el reloj?

El silencio no se hizo esperar, todos sabíamos que al igual que el mito griego de Cronos y su prole, el tiempo nos estaba devorando. Las caravanas de la muerte recorrían el país, habían masacrado compañeros por toda Nicaragua. En Carazo, compañeros con la voz hinchada de indignación, relataban su tragedia, ya estaban en la clandestinidad. En Nicaragua, la dictadura no perdona ser joven y levantar la voz, menos la búsqueda de una sociedad en que todos tengamos derecho a opinar. Todos sabíamos de primera mano que la dictadura no nos iba a perdonar nuestra rebelión, que cobraba caro, y nos cobró la vida de muchos jóvenes, mujeres y hasta niños. De a poco esa charla se tornó acalorada, el fervor de la lucha estaba presente, sin embargo, yo sabía que nos estaban cercando y la tendencia estaba cambiando, pero no era sólo yo, todos lo sabíamos, pero no queríamos romper con nuestros ideales. Así fue que una compañera, respiró profundo y nos dijo: “hay que tomar los toros por los cuernos, no le demos mas vueltas al asunto” y pregunto: “¿si hoy nos atacaran cuanto tiempo podríamos resistir?”

La mirada de la Ale era honesta, tiró a la mesa aquella verdad que, como una granada a punto de explotar, todos deseábamos sortear. Por gracia, o mejor dicho, por desgracia, me había tocado lo peor de los ataques en esos meses. Recordé, a Pata, al Chele, al Flaco, a los doctores y tantos chavalos más. Todos habíamos dado cuanto teníamos intentando defender la toma del recinto. Antes de esto, ninguno había escuchado el gemido de una bala, menos de un AK 47, fue el dictador y su sequito quienes nos mostraron lo inexpugnable que es la muerte. Nos enseñaron que para sortear las balas había que tirarse pecho a tierra, que teníamos que hacer barricadas para sortear un fusil, que el sonido de un fusil AK 47 es diferente al de un dragonov, que usaban los francotiradores. Eran como la muerte que pasaban susurrándote al oído y congelándote el alma.

Por eso entendí que las palabras de la Ale nos llevaban a la realidad. James contestó: “podremos aguantar muy poco, hay pocos morteros y aunque demos todo, no podremos aguantar más de tres horas”. ¿Más de tres horas?, se levantó casi riendo otro chavalo, que dijo: “cuidado poco menos de media hora”. El romanticismo chocaba con la realidad, ya era hora de tomar medidas para buscar la integridad física de todos los compañeros. Ese viernes 13 hubo reuniones importantes.

La mañana estaba soleada. Como era costumbre, dormimos poco, las noches eran eternas a la espera de algún ataque. Muchos líderes de facultades nos congregamos para discutir la posible entregar el Recinto, terminar con la toma e incorporarnos a las marchas callejeras. La tarea era una odisea, ya que tendríamos que convencer a nuestros compañeros y a nosotros mismos que aquella decisión era correcta. La prioridad era que todos los atrincherados saliesen con vida, replanteándonos la lucha en otros espacios. Éramos conscientes de los problemas organizacionales y de seguridad que significaba tomar esa decisión. A las once de la mañana, comenzamos a conversar el principal problema: la seguridad de todos los atrincherados. Uno de los principales problemas que debíamos resolver era como luchar contra la persecución sistemática que el gobierno desataría contra nosotros. En ese momento mi mente viajó en el tiempo. Era como un cuento, nunca nos había tocado vivir eso, nuestros padres o abuelos contaban como era un delito ser joven en la época de Somoza. La historia se repite, pensaba, con Daniel Ortega, el hijo ilegítimo de Somoza.

Una noche a nuestro grupo, dentro de la rotación, nos tocó hacer guardia en la rotonda Rigoberto López Pérez. Los chavalos y chavalas miraban la estatua y preguntaban ¿quién era ese hombre inmortalizado? La repuesta era sencilla, sin embargo, pero muy extensa. Muchos quedaron perplejos. Al rato, Jorge leía un fragmento del poema transcrito en un pilar, aquel que el asesinado Edwin Castro, el padre del abyecto del sempiterno diputado del FSLN, Edwin Castro,  le dedicó a sus hijos. Nadie entendía a Edwin Castro hijo, cómplice de este terror junto al dictador. Nos costaba entrar en esa mente tan ruin, a la que su padre le dejó estas hermosas estrofas: “Mañana, hijo mío, todo será distinto. Sin látigo, ni cárcel, ni fusil que supriman las ideas.

Al final es el dinero, los privilegios, los viajes, la pleitesía, no dejan de ser millonarios y su dinero depende del Estado, dijo con voz aguda 07. Pasada la madrugada, una lechuza rompió el silencio de la noche, surcó aguda con su graznido, un chavalo se levantó asustado y dijo: “¡hay que correrla! ¡hay que putearla!”  Nadie la paró bola, en buen lenguaje nica. Sin embargo, le pregunte ¿que pasaba si no la corres, si no la puteas?. Habrá un muerto, me dijo muy triste. Ese misma noche murió asesinado Chester, que cometió el atroz delito de darle de comer a un indigente mientras pasaban los perros de Herodes. Lo cazaron rápido y sin piedad alguna.

 Aquellas dos reuniones las recordaré por mucho tiempo. Las cosas estaban aclarándose por si mismas. Caminábamos a la reunión con los enlaces de la comisión de verificación y seguridad, con la cual estábamos negociando la devolución de los edificios de la UNAN, pasamos por unas muestras de rocas y Hermes, con aquella sonrisa sarcástica tan propia de él, miró una muestra: “ese es el famoso diamante que UNEN y el gobierno dicen nos robamos”. ¡Queee! ¿hay un diamante aquí? – “Ese es, niño ese es un diamante en bruto, no está pulido, ahí está ese jodido” – Nunca había visto un diamante, así que perdí valiosos minutos, y efectivamente ahí estaba, tan inerte, sin vida, sin valor para mí.

La jornada de trabajo era fuerte, había tantas dudas, al fin y al cabo, la experiencia solo la da el tiempo, y a todos los presentes sintetizamos años en solo tres meses. Preparábamos una asamblea general de los atrincherados para decidir si abandonaríamos la toma o no, preparábamos nuestras posiciones individuales, pero también preparábamos el dialogo con las mal llamadas autoridades, porque la autoridad la habían perdido desde que vendieron su dignidad por un salario, por dinero vestido de sangre, cuando vendieron lo más valioso de una universidad, su razón de ser, los universitarios, al cadáver fétido del dictador Ortega.

La china preguntó a uno de los enlaces, ¿Quién nos asegura que ellos cumplan y no nos ataquen en tanto abramos  la mesa de negociación con las autoridades? Notamos como Oli se acomodaba dónde estaba sentada, nos miró, movió los brazos y puso mucho énfasis al hablar: “ellos están dispuestos a matarlos y sacarlos a balazos, no respetan nada, ni a los curas, quieren conservar el poder y sus privilegios a toda costa, en este momento cancillería sabe que estamos aquí y es probable que no ataquen, pero les quiero dejar claro que no hay garantías de nada”. Oli fue sabia al no empeñar su palabra por alguien que no la tiene. Media hora habría transcurrido cuando aquel sonido tan común para nosotros se alborotaba cuan avispero. Comenzó el ataque, aquel ataque fatídico del viernes 13 de julio. Comenzó con una batería corta de AK 47, luego me daría cuenta que las transmisiones de televisión habían sido quitadas para que nadie se diese cuenta del genocidio que intentaban perpetrar. Los chavalos que estaban en las barricadas salieron a defender, mortero en mano repelieron el ataque de manera, gallarda, pero cronos nos cobraba, era cuestión de tiempo. Los francotiradores, que ya estaban apostados tiraban sus incandescentes y crueles saetas, los tiros de AK 47 y M16 pasaban por todos lados, las balas de los Dragunov silbaban y no respetaron vidas. Lo que tanto temíamos y discutíamos ya se estaba gestando: los morteros no compiten con armas de repetición y menos con esa batería pesada de lo viles cobardes que se vanagloriaron de vencer a estudiantes armados de valor con morteros y unas cuantas armas hechizas, las que en su mayoría no funcionaron. Valientes fueron los estudiantes y jóvenes que no se rindieron y tuvieron que replegarse para dar la lucha mañana.

La orden de replegarse se dio con dolor, pero fue necesaria. En ese momento se impuso una retirada, se  intentó salvar la vida de todos los que estábamos en el recinto,. En medio de la balacera, como toda Nicaragua sabe, buscamos refugio en la Iglesia de Jesús de la Divina Misericordia, la que no fue respetada por las hordas sanguinarias del dictador, sedientas de mancillar el valor de esta juventud que ha dado nuevos brillos y gloria a la historia de Nicaragua. La iglesia fue ametrallada de manera inclemente, fuimos rodeados toda la noche, cercaron al área para que no pudiésemos escapar. Las gestiones de la Iglesia Católica y de la CIDH permitió que pudiésemos salir con vida. Hoy, los que salimos vivos y no fuimos apresados, estamos en la clandestinidad. La Policía nos busca por todos los rincones, quieren montar una venganza judicial. Sin embargo, jamás nos sentiremos derrotados, aún corre por nuestra sangre la nueva Nicaragua, que tiene la fragosa necesidad de saber que luchamos contra un engendro igual al somocismo. Seguiremos luchando hasta que esta pesadilla de la dictadura orteguista termine.

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