Por Nahuel Moreno

Correspondencia Internacional No 12, Septiembre de 1981

1.- Una nacionalidad atomizada en seis países

No se puede efectuar un análisis serio de la revolución centroamericana sin caracterizar, desde el punto de vista histórico y de su ubicación en el conjunto de Latinoamérica, al subcontinente centroamericano con sus seis países.

Una ya larga discusión se ha llevado a cabo en el movimiento trotskista sobre el carácter de Latinoamérica y su revolución. Una corriente ha sostenido que toda América Latina constituye ya una sola nacionalidad, impedida de constituirse como una sola nación como consecuencia de la política y explotación imperialistas. La revolución socialista en el continente tendría como uno de sus objetivos más importantes el constituir esa nación. Las dos vertientes históricas constitutivas de la Cuarta Internacional (Comité Internacional) han polemizado durante años contra esta concepción y su programa.

Para nosotros, en cambio los países latinoamericanos constituyen auténticas nacionalidades, estructuradas en naciones diferenciadas, si bien semicolonizadas por el imperialismo yanqui. México, Colombia, Brasil o Argentina no son “provincias” de una misma nacionalidad, sino nacionalidades independientes y, en el caso de Brasil, incluso con una lengua diferente.

Lo que decimos no niega el que la unidad geográfica, idiomática y cultural de los países que hablan castellano origine una tendencia hacia la unificación en una sola nacionalidad. Pero ésta es sólo una tendencia, de carácter histórico, que durante las luchas de la independencia se manifestó de manera embrionaria y utópica y que recién se expresa con una intensidad creciente a partir de la segunda posguerra debido a la multiplicación de los intercambios comerciales, culturales y políticos, y de los problemas similares planteados por el refuerzo de la explotación yanqui en todo al continente.

En todo caso, no puede confundirse la tendencia histórica hacia la constitución de una sola nacionalidad con la realidad presente, que está determinada por la existencia de verdaderas nacionalidades diferentes.

Es justamente este análisis el único que justifica que nuestra Internacional levante la tarea de constituir la Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina. Esta consigna tiende a unificar al continente a partir de reconocer la realidad de sus naciones actuales. Es la síntesis programática entre una realidad, las naciones actuales, con una necesidad imperiosa expresada hoy como tendencia, la de su unidad.

Por su lado, el conjunto de Centroamérica constituye una realidad cualitativamente distinta al resto de América Latina. Por razones de unidad y extensión geográfica, tradición histórica común que arranca de la colonia unida, cultural e idiomática, forma una sola nacionalidad dividida en seis estados distintos, donde la tendencia a la conformación de una sola nacionalidad es fuerte y evidente.

Esta caracterización del subcontinente se vuelve imprescindible para comprender el proceso revolucionario que actualmente lo sacude, y para damos un correcto programa. Es preciso partir del hecho de que la fuerza de la revolución nicaragüense o salvadoreña no está sólo dada por el heroísmo de los trabajadores de cada uno de esos países, sino por su relación orgánica existente con la revolución centroamericana, como un proceso de conjunto. Esta no es una abstracción libresca o literaria, sino una realidad que se expresa, entre otros hechos, en los centenares de miles de centroamericanos que pasan sus fronteras para ir a trabajar a los países limítrofes. Es una realidad con manifestaciones en toda la historia de Centroamérica y, principalmente, en el programa y la acción de sus grandes libertadores como Sandino o Farabundo Martí, que luchaban y se consideraban parte de esa nación centroamericana.

Por eso consideramos un error, o una aproximación imprecisa, la consigna que habíamos levantado hasta la fecha, de Federación de Repúblicas Socialistas Soviéticas de Centroamérica y Cuba. Consideramos como mucho más apropiada la consigna de Por los Estados Unidos Socialistas de Centroamérica, que toman en cuenta la experiencia histórica.

La tendencia dominante a la conformación de una sola nación o nacionalidad se concretó, históricamente, por ejemplo, en los Estados Unidos de América, en tanto que la unidad de nacionalidades diferentes, que no podían constituirse como una sola nación, tuvo una expresión histórica en la constitución de una Federación de Repúblicas Socialistas, en la URSS.

2.- Revolución obrera y contrarrevolución imperialista

Por todo lo anterior, consideramos que sería falso el “sumar” definiciones de los distintos países centroamericanos para definir la realidad del subcontinente: es revolucionaria en El Salvador, no revolucionaria en Costa Rica, en Guatemala... El método adecuado es el contrario: se debe formular una caracterización de conjunto sobre la situación en Centroamérica, y partir de esa definición para señalar las diferencias de país a país.

Utilizando este enfoque debemos definir que el triunfo de la revolución nicaragüense contra Somoza abrió una etapa revolucionaria en toda Centroamérica, lo que constituye una caracterización más correcta que limitarse a ver las repercusiones de la victoria contra Somoza en la lucha revolucionaria que se libra en El Salvador. Podríamos precisar aun más, señalando que antes de la caída de Somoza la situación era prerrevolucionaria, aun cuando su vanguardia, que era Nicaragua, vivía ya una situación revolucionaria, de guerra civil. La victoria de las masas nicaragüenses contra la dictadura hizo que toda la situación centroamericana cambiara.

Como en toda situación similar, hay sectores de vanguardia y hay también sectores ‑-en este caso, países-‑ en la retaguardia, pero el conjunto de las naciones centroamericanas son parte de la vorágine revolucionaria. Esto es lo que explica la desmesurada importancia que el imperialismo yanqui le otorga a El Salvador, así como el silencio cómplice de la prensa imperialista sobre Guatemala. Todo análisis que tome como punto de partida la caracterización de uno u otro país es, por eso mismo, equivocado y es caer en la trampa tendida por el imperialismo y por la política contrarrevolucionaria del stalinismo y el castrismo.

El enfrentamiento a esta política contrarrevolucionaria debe pues comenzar por afirmar la caracterización de que en Centroamérica hay un solo proceso objetivo y de conjunto, el de una revolución obrera, contra el imperialismo yanqui, y que tiende a la unificación en un solo estado de todo el istmo.

Este proceso revolucionario único tiene un desarrollo desigual. En Nicaragua ya hemos presenciado una revolución triunfante, la que derrotó a Somoza, que por sus consecuencias y su carácter de clase, ha sido obrera. En efecto, por un lado desmanteló la estructura del estado burgués y por el otro se asentó en la lucha de los trabajadores para derrotar al bastión dictatorial del régimen burgués nicaragüense, la burguesía somocista sirviente del imperialismo yanqui. Este triunfo antidictatorial y antiimperialista no ha llegado hasta el final, la expropiación política y económica de todos los explotadores, debido a la influencia castrista y stalinista, así como carácter pequeño burgués de la dirección sandinista, pero ésta es la tarea que está planteada.

En El Salvador y en Guatemala, presenciamos una guerra civil de las masas contra dos dictaduras sanguinarias y pro imperialistas. Esto quiere decir que estamos ante una revolución democrática por sus objetivos inmediatos, y obrera por su carácter de clase y el enemigo que enfrenta.

En Honduras, Panamá, Costa Rica, se viene dandi una acumulación de luchas obreras y populares en medio de una crisis creciente de los regímenes burgueses.

La revolución en curso en Centroamérica, que por sus objetivos inmediatos en algunos países aparece como democrática ‑-abatir sanguinarias dictaduras-‑, es en cuanto a la dinámica de clase y objetivos generales, una revolución obrera, socia lista. En cada uno de los países los trabajadores se enfrentan con gobiernos burgueses y agentes directos del imperialismo yanqui, por lo que se convierte en una lucha contra la expresión política y económica de la explotación capitalista e imperialista. Por otra parte, como lucha de conjunto de las masas centroamericanas que tienden a la unificación estadual, se enfrenta directamente con el imperialismo yanqui, que es quien sustenta y obtiene los máximos provechos de la división de la región en seis estados nacionales distintos.

En Centroamérica, no puede darse un triunfo revolucionario que, permaneciendo aislado en algunos de los países, pueda mantenerse por mucho tiempo. Esto se debe a un conjunto de razones derivadas de la unidad geográfica, económica y aun política de la América Central. Una revolución obrera triunfante constituiría un blanco fácil para los ejércitos de los otros países de la región ligados estrechamente con el aparato militar estadounidense. Este peligro sólo podría ser conjurado por el desarrollo general del proceso revolucionario en toda Centroamérica, lo que por otra parte sería inevitable dado el entusiasmo y las repercusiones de todo tipo que un tal triunfo despertaría.

Fue el imperialismo yanqui el que, como moderna metrópolis capitalista, mantuvo e impuso la atomización nacional en Centroamérica, para mantener más fácilmente el estatuto semicolonial de todos esos países y mejor explotar a las masas. Tampoco acá se trata de una afirmación meramente literaria, porque efectivamente la división ha sido una de las herramientas que contribuyen a facilitar la brutal superexplotación de las masas y la expoliación de las riquezas de esas naciones. La balcanización tornaba más difícil que esos países liliputienses y sus trabajadores pudiesen ofrecer una mayor resistencia a la dominación imperialista. Basta comparar la situación del istmo con las relaciones que ha logrado establecer México ante Estados Unidos, para ver con claridad que efectivamente la balcanización ofrece innúmeras ventajas para la metrópoli del norte. La mal disimulada hostilidad y sabotaje del imperialismo ante el abortado intento de constitución del Mercado Común Centroamericano es otra confirmación accesoria de lo que decimos.

La estrategia contrarrevolucionaria del imperialismo norteamericano en Centroamérica tiene por ello una prioridad clara: antes que nada, evitar que el proceso objetivo de revolución en toda la región se transforme en un proceso consciente. Para mantener la balcanización de los estados, necesitan balcanizar el mismo proceso revolucionario.

De aquí se deriva la principal razón que ha tenido el imperialismo para mantener una ayuda económica limitada y una actitud contemporizadora frente a la revolución encabezada por el sandinismo. No se trata solamente de limitar a esa revolución obrera por su dinámica dentro de los límites asfixiantes de las relaciones de producción capitalistas, sino que también tratan de que no sobrepase las fronteras nacionales de Nicaragua, lo que no es sino otra manera convergente de asfixiarla.

Esa es también la explicación de la verdadera obsesión por aislar de toda ayuda exterior y de toda interacción con el conjunto de la revolución centroamericana a las guerras civiles declaradas en El Salvador y en Guatemala.

De lo que se trata es de impedir, por todos los medios, que se mantenga la íntima ligazón de las revoluciones nicaragüense, salvadoreña y guatemalteca. El cálculo imperialista es evidente: primero, aislar, compartimentar, atomizar el proceso revolucionario en consonancia con la atomización de las naciones del área; después, aplastar sin misericordia a las masas sublevadas como en El Salvador, o negociar la traición como en Nicaragua.

Esta política constituye para el imperialismo una cuestión de vida o muerte. Washington sabe perfectamente que una guerra revolucionaria sostenida conscientemente a nivel de toda Centroamérica, habida cuenta de que las condiciones objetivas están más que maduras para ello, sería la antesala de la extensión de la revolución a México y al propio seno de los Estados Unidos. Por un lado, el imperialismo sería arrastrado a una intervención militar directa, transformando a Centroamérica en un nuevo Vietnam, con todo lo que esto significaría en su política interna. Por otro lado, esto haría verdaderamente explosivos los vasos comunicantes existentes con las numerosas y explotadas comunidades latina y negra de Estados Unidos. Esto es, justamente, lo que el imperialismo yanqui trata por todos los medios de evitar.

3.- La política del stalinismo, castrismo y los nacionalistas

No se puede comprender la magnitud del rol activamente contrarrevolucionario del stalinismo y el castrismo frente a la movilización de las masas centroamericanas si no lo ubicamos ante la revolución en el conjunto de América Central.

Al igual que el imperialismo su certero instinto contrarrevolucionarios llevó el stalinismo y al castrismo a hacer los más denodados esfuerzos por limitar primero y aplastar después a la revolución centroamericana, vigilando celosamente por constreñir cada proceso en el marco de estos estados nacionales impuestos por Norteamérica.

El stalinismo y su alter ego , el castrismo, tienen una política y una acción consciente para traicionar y derrotar al movimiento revolucionario de masas. Es en función de esta política que pueden pasar de la alianza con gobiernos burgueses reaccionarios a la intervención en el seno mismo de las masas sublevadas, como quinta columna contrarrevolucionaria. No se trata de una dirección revolucionaria que “comete errores”, ni siquiera de una conducción que es vacilante por su composición y políticas pequeño burguesas, sino de la acción deliberada y sistemática de una casta que se mueve consecuentemente en función de objetivos conscientemente revolucionarios.

Con todo esto queremos subrayar que el stalinismo, en esta etapa de la revolución mundial en la que su enemigo inmediato es el ascenso del movimiento de masas y no una hipotética confrontación militar con el imperialismo, prefiere no correr ningún riesgo. La burocracia del Kremlin y sus agentes no maniobran con el movimiento de masas ni especulan con que la movilización revolucionaria de estas le permita mejores negociaciones con el imperialismo, sino que por el contrario, el primer objetivo del stalinismo es intervenir para frenar o aplastar el proceso revolucionario, para mantenerlo dentro de los límites del régimen burgués y demostrar que está totalmente jugado a la coexistencia pacífica con el imperialismo.

El castrismo tiene la misma política. Si utiliza la herencia y relaciones que le vienen de su antiguo carácter de movimiento nacionalista revolucionario es para mejor traicionar y compartimentar el proceso revolucionario, ya sea en África o en América central, siempre al servicio de la “coexistencia pacífica” que, como ellos mismos reconocen con toda franqueza, es el eje de su política.

Insistimos: el stalinismo no juega a dejar hacer la revolución para mejor chantajear al imperialismo sino que se empeña en que las revoluciones sean desviadas o derrotadas lo más pronto posible. Recién después de conseguirlo se preocupa por “pasar la factura” al imperialismo, conformándose con la labor cumplida si, como ocurre comúnmente, no logra cobrarla. Y en esto no hay nada de ingenuidad: es el frío cálculo de una casta que se sabe directamente amenazada por cada revolución.

Las direcciones nacionalistas pequeño burguesas no enfeudadas al stalinismo o al castrismo son en cambio relativamente progresivas. No es preciso repetir que ni su programa ni sus métodos son los que nosotros consideramos más correctos y podemos reiterar que estas conducciones tienen fallas políticas que son producto del límite infranqueable de su carácter pequeño burgués. Pero lo que aquí queremos destacar es que sus limitaciones y errores son justamente eso y no una deliberada y consciente política contrarrevolucionaria corno ocurre con los agentes de Moscú. En este sentido, estas corrientes son cualitativamente distintas del stalinismo y castrismo. La razón de ser de estas corrientes, su aparición en la vida política, tiene que ver con la necesidad objetiva de la lucha contra el imperialismo y los gobiernos dictatoriales, es una respuesta aunque sea parcial y limitada de carácter democrático y antiimperialista. Por lo tanto, estos movimientos cumplen durante una etapa del proceso revolucionario, la de la lucha antidictatorial y antiimperialista, un rol progresivo.

Sin confundimos con ellos, ya que programática, metodológica y teóricamente son diferentes del trotskismo, debemos ser conscientes del rol relativamente progresivo que desempeñan en determinado momento de la lucha revolucionaria. Igualmente, sin ignorar que dado su carácter pequeño burgués estos movimientos y sus direcciones tienden y en definitiva terminan pactando con el stalinismo y la burguesía, tenemos que subrayar que justamente en la primera etapa de la lucha revolucionaria, en que él nacionalismo pequeño burgués participa y a veces encabeza los enfrentamientos contra las dictaduras y el imperialismo, es cuando más patente se hace su diferencia con el castrismo y stalinismo, porque éstos actúan en forma conscientemente contrarrevolucionaria.

Estas consideraciones son de una importancia y utilidad política inmensas. Son, por ejemplo, imprescindibles para abordar correctamente la evolución de los movimientos guerrilleros y el frente que ellos constituyeron en El Salvador. En el curso de la guerra civil contra la Junta Militar los diversos agrupamientos pequeño burgueses nacionalistas, con una innegable influencia de masas, han tenido un rol limitado e inconsecuentemente revolucionario. Pero la integración e influencia del stalinismo en el FMLN transforma o tiende a transformar al frente en una herramienta contrarrevolucionaria (cosa que evidentemente puede provocar fricciones y enfrentamientos, lo que es otro problema). Es así como la llamada “ofensiva final” en El Salvador tiene que ser juzgada no como una batalla erróneamente preparada, sino como una trampa contrarrevolucionaria cuidadosamente montada por el stalinismo y el castrismo para derrotar o detener el ascenso revolucionario, y en particular sus victorias y consolidación en el campo. Si esta trampa no logró alcanzar el objetivo de derrotar a las masas no se debe a que el stalinismo no lo quisiera, sino a que lo impidió el heroísmo de los trabajadores salvadoreños y el carácter orgánico de la revolución centroamericana.

Otro ejemplo lo tenemos en el caso del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que durante la lucha antisomocista dio muestras de una sensibilidad ante el movimiento de masas que no puede comprenderse cabalmente sin subrayar el hecho de que el stalinismo no intervenía en él. Durante ese período álgido de la lucha contra el dictador, el Sandinismo era sensible a las presiones y exigencias del movimiento de masas. El aparato stalinista, en cambio, es prácticamente insensible a las presiones y demandas de las masas puesto que está montado y educado para responder fielmente a las cambiantes necesidades tácticas y a la permanente política contrarrevolucionaria de la burocracia.

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