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ESTADOS UNIDOS.- Trump se fue, … pero la lucha contra el Trumpismo apenas está comenzando

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Un partidario de Trump ondea la bandera de la confederacion esclavista, al tomarse por asalto el Capitolio

 

Por Orson Mojica

La democracia en Estados Unidos está en crisis. Este hecho de la realidad, forma parte de un proceso de crisis mundial de los valores de la democracia liberal, que a su vez es una manifestación de la crisis general de la economía capitalista. La crisis de la democracia, tanto en el mundo como en Estados Unidos, esta asociada a la crisis económica. La democracia burguesa no puede existir sin condiciones materiales para adormecer a las masas trabajadoras.

Los primeros síntomas de la crisis del sistema

Estados Unidos ha sufrido periódicamente periodos de crisis. En el siglo 19 fue la guerra civil y en el siglo XX fue la gran depresión de los años 30. Por ausencia de una conducción revolucionaria, el sistema capitalista y la democracia liberal lograron salir avante.

El fin del boom económico de la postguerra, y la pérdida de peso económico de Estados Unidos dentro de la globalización capitalista, se traducido en una decadencia sistemática. Las nuevas potencias imperialistas como Rusia y China, ocupan cada vez más espacio económico y militar en las relaciones internacionales, en detrimento de Estados Unidos.

La crisis económica está íntimamente relacionada con la crisis política. Los primeros síntomas de la crisis de la democracia norteamericana se manifestaron en la elección presidencial del año 2000, cuando George Bush se impuso con 271 votos del Colegio Electoral (un elector tránsfuga demócrata voto a favor de Bush) contra los 266 de Al Gore. A pesar que este había obtenido más votos de medio millón de votos a nivel popular, perdió los 25 votos del Colegio Electoral del Estado de Florida por apenas 537 votos populares (después de que el caso fuera llevado hasta la Corte Suprema de Justicia, algo nunca antes visto).

La administración de Barack Obama

El estallido de la crisis financiera del año 2008, conmocionó a Estados Unidos. Millones de trabajadores perdieron sus empleos y sus viviendas. La clase media se empobreció. Esto produjo luchas y una radicalización que fue aprovechada por la verborrea de Barack Obama (2009-2017), el candidato presidencial del Partido Demócrata. No obstante, como era de esperarse, la administración Obama desencantó a muchos. Terminó socorriendo financieramente a los grandes bancos y monopolios financieros, y aunque logró crear un sistema de seguros de salud para los más de 47 millones de pobres que no tenían seguridad social, conocido como Obama Care”, la cobertura de este servicio era y sigue siendo muy limitada.

Bajo la administración Obama se produjo el surgimiento del movimiento conocido como “Tea Party”, la expresión política de una corriente ultraderechista dentro del Partido Republicano, pero que también aglutinaba a grupos racistas y fascistas, que siempre han existido en las sombras.

El Tea Party organizó protestas e incidió para que los republicanos controlaran el Congreso del 2014 en adelante, amarrándoles las manos a Obama, quien se había desgastado por el incumplimiento de las promesas electorales

El advenimiento de Trump

El Tea Party sentó las bases para un reagrupamiento ultra derechista y racista con la candidatura presidencial de Donald Trump (2017-2021), quien en las elecciones internas del 2016 desplazó a la cúpula dirigente del Partido Republicano. Trump fue la expresión contraria al fenómeno de Obama, un contra fenómeno. Tanto Obama como Trump surgieron en periodo de crisis económica y de empobrecimiento generalizado de la población norteamericana. Son los extremos del mismo fenómeno económico y de expresiones políticas contrarias.

Trump ganó las elecciones del 2016 apoyándose en los trabajadores de la manufactura (muchas de esas fabricas cerraron para irse a China o México), la mayoría son blancos de ascendencia europea. También se apoyó en la enorme masa de pequeños granjeros arruinados, ubicados en el centro de Estados Unidos, y en las capas sociales urbanas más ricas de las minorías (negros, latinos, etc.). El discurso racista y xenófobo, contra la inmigración (legal o ilegal) tuvo eco en estos sectores sociales, o sea que el Trumpismo reflejó la desesperación de una buena parte del proletariado blanco y de un sector de las minorías, que creen que el origen de la decadencia de Estados Unidos está en la excesiva inmigración (legal o ilegal), o en los tratados de libre comercio que les arrancaron los puestos de trabajo.

Los regímenes de los viejos y nuevos imperialismos

La fórmula mágica de la democracia norteamericana ha sido, hasta hace poco, el equilibrio de poderes. El poder no está concentrado en una sola institución, la presidencia, sino repartido entre el Congreso y la Corte Suprema de Justicia.

Sin embargo, ese modelo resulta arcaico para las necesidades actuales del imperialismo norteamericano, en un mundo capitalista convulsionado por las crisis periódicas, y por la existencia de nuevos imperialismos emergentes, como China y Rusia.

Estados Unidos se construyó como potencia imperialista en el siglo 19, cuando el sistema capitalista todavía estaba en expansión. Este es el origen de las tradiciones democráticas de Estados Unidos. En cambio, Alemania, en la segunda mitad del siglo 19, para reunificarse como nación y emerger como potencia imperialista, tuvo que recurrir, no a la democracia burguesa, sino a la proclamación del emperador (kaiser) Guillermo I (1871-1918) y su autoritario gobierno. Alemania no logró superar a las otras potencias imperialistas (Inglaterra, Francia y Estados Unidos), todas forjadas en el periodo de esplendor y ascenso capitalista. Después de provocar las dos guerras mundiales, y salir derrotada en ambas, Alemania debió conformarse con un rol de imperialismo subordinado, aunque es la potencia dominante en la actual Union Europea (UE).

Este fenómeno de gobiernos y regímenes autoritarios en los imperialismos emergentes, en el periodo decadencia capitalista, esta cada vez mas claramente descrito. Japón, al igual que Alemania, se levantó como potencia imperialista en el siglo XX, bajo el puño de hierro del emperador Hirohito. Al sufrir derrota en las dos guerras mundiales, aceptó también el rol de imperialismo subordinado.

En el siglo XXI, han emergido dos nuevos imperialismos: Rusia y China. En ambos países existen gobiernos y regímenes autoritarios. Vladimir Putin asume el rol y actúa como nuevo zar de Rusia, aunque formalmente es una república. Algo similar ocurre con China, un imperio milenario que fue despezado y humillado por las potencias occidentales, durante los siglos 19 y 20, ha resurgido de las cenizas como un pujante imperialismo que nació, igual que en Rusia, de las entrañas del antiguo Partido Comunista. Después de una seria de transiciones, Xi Ping es presidente vitalicio de la republica popular China, es decir, en los hechos el nuevo emperador.

En pocas palabras, los nuevos imperialismos, en el periodo de decadencia del sistema capitalista, para existir y sobrevivir ante el ataque de los viejos imperialismos (Inglaterra, Francia y Estados Unidos), sus instituciones no toleran el rejuego de la democracia burguesa, por lo tanto no adquieren la forma de democracias occidentales, sino de regímenes bonapartistas o autoritarios, antesala de la proclamación de nuevos emperadores.

El bonapartismo del “loco” de Trump

El equipo detrás de Trump comprendió que, para mantener la hegemonía de Estados Unidos en el mundo, y el control de los blancos al interior de ese inmenso país, requerían desmantelar el sistema de democracia liberal instaurada en 1787, basada en el equilibrio de poderes, y en la preponderancia del Congreso de Estados Unidos.

Desde la época de Richard Nixon, pasando por la administración de Ronald Reagan, hasta llegar el gobierno de Donald Trump, siempre hubo intentos de convertir la institución del presidente en nuevo emperador. Pero quien llegó más largo en ese proceso fue Trump.

Bajo la presidencia de Trump se produjo un sistemático ataque a las instituciones que controlaban al presidente. Para avanzar en su objetivo, Trump recurrió al discurso racista, atacó la inmigración, prometió devolver los empleos perdidos, y de esta manera logró reconstruir la conciencia racista y nacionalista de los colonos. El Trumpismo representa un fenómeno de neofascismo con fuertes componentes de racismo.

Estados Unidos se construyó mediante el aniquilamiento físico de la población aborigen, la cual fue expulsada de sus tierras, que fueron tomadas y explotadas por los blancos. La esclavitud de los negros traídos de África, para realizar las tareas agrícolas, es otro componente de la mentalidad racista. El capitalismo naciente en  Estados Unidos estuvo parcialmente recubierto, durante los siglos 18 y 19, bajo la forma del esclavismo. Trump liberó ese subconsciente para lograr la meta de instaurar una presidencia imperial en el segundo mandato.

Probablemente Trump hubiera logrado imponerse como presidente imperial, sino fuera por el estallido de la crisis económica, agudizada por el pésimo manejo de la pandemia del coronavirus. Las movilizaciones conta el racismo, por un lado, y la crisis por la pandemia, fueron los detonantes que hicieron despertar a millones de norteamericanos que estaban encandilados con la verborrea de Trump.

Comparación entre Hitler y Trump.

A veces se olvida que Hitler, que representaba al fascismo en una Alemania derrotada y humillada, reflejo la desesperación de las masas y ascendió al poder por medio de votación popular. Un proceso bastante parecido al de Trump en Estados Unidos en la actualidad, aunque los niveles de crisis en Alemania eran espeluznantes.

Una diferencia sustancial es que las masas alemanas estaban acostumbradas al gobierno autoritario del militarismo del Kaiser Guillermo I, porque este había logrado construir una potencia imperial. La inestable república de Weimar (1918-1933) construida bajo la crisis y la humillación de la derrota, no consolidó una conciencia democrática. Este fue un factor subjetivo, junto a la traición stalinista, que contribuyeron a la rápida victoria de Hitler.

Trump iba por el mismo camino que Hitler, pero en condiciones diferentes. La crisis económica de Estados Unidos no tiene los niveles de caóticos años 30 en Alemania. En Estados Unidos, a pesar del racismo estructural, un sector importante de la población todavía cree en la democracia. Estas ilusiones democráticas, combinadas con las movilizaciones contra el racismo, fueron factores que evitaron que prevaleciera el proyecto bonapartista y neofascista de Trump.

La pelea “apenas está comenzando”

Después de vanas infructuosas gestiones para cambiar los resultados de la votación, en la que Joe Biden resultó ganador, Trump alentó el ataque al Congreso de Estados Unidos, el altar de la democracia norteamericana, apoyándose en los grupos y milicias de extrema derecha. Esta fue la gota que derramo el vaso de la paciencia. Al parecer Trump quería imponer el caos para justificar el uso del Ejercito y la Guardia Nacional.

En una insólita carta, los siete generales del Estado Mayor Conjunto, emitieron una declaración, distanciándose de Trump, en la que afirmaron que "cualquier acto contra el proceso constitucional no solo atenta contra nuestras tradiciones, valores y juramento; también va en contra de la ley”.

Los grandes medios de comunicación, Wall Street, el alto mando militar, se distanciaron de Trump. Había ido demasiado lejos, en un país polarizado y al borde de la guerra civil.

Trump tuvo que retroceder a regañadientes, y en su solitario discurso de despedida, el 19 de enero, entre otras cosas, dijo lo siguiente: “(…) “Ahora, mientras me preparo para entregar el poder a una nueva Administración al mediodía del miércoles, quiero que sepan que el movimiento que iniciamos apenas está comenzando”.

En cierta medida, Trump tiene razón. Su movimiento fue derrotado en las urnas, por una leve mayoría, pero el fenómeno de racismo y neofascismo continuará en la medida que la administración de Joe Biden no podrá resolver la crisis, ni devolver la prosperidad a Estados Unidos. El Trumpismo es la antesala del nuevo fascismo, que expresa la desesperación de las masas ante la crisis. Aunque Trump no este al frente, el fenómeno continuará, bajo nuevas formas y nuevos sujetos, hasta que los trabajadores norteamericanos logren frenar la crisis capitalista.

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